PRÓLOGO

¡Curioso destino el del director de Recursos Humanos! Es quien te llama para darte un premio o un aumento o para mandarte a casa. Pero, por la dramática «regla de los signos» –la que dice que más por menos da menos–, el director de Recursos Humanos termina pareciendo un tipo frío e insensible que sólo da malas noticias. No sólo eso: las malas noticias son todas suyas, mientras que las buenas las da directamente el directivo al cual el director de Recursos Hu­manos ha sugerido el aumento, la promoción o el cambio de tarea tan deseado.

Ha sido bueno leer este largo cuento hecho de cuentos, esta sonata compuesta a tantas manos: me ha hecho reencontrar la humanidad que he visto en algunos, en muchos, directores de Recursos Huma­nos con los que he trabajado durante más de 30 años.

Siempre pensé que había tenido suerte, pero leyendo Relatos Humanos me he dado cuenta de que muchos trabajadores, muchos directivos y muchas empresas han tenido la misma fortuna que he tenido yo: trabajar con directores humanos de Recursos Humanos.

En la época del selfie, dando la vuelta al concepto de foto que ilustra aquello que vemos, este puñado de gestores se ha hecho una foto poniéndose en primer plano, contando lo que hay detrás, no sólo lo que está delante.

Equivocándome, al comenzar a leer más por el sentido del deber que del placer, me esperaba una especie de ensayo novelado, un ejercicio de memoria colectiva, una serie de anécdotas simbólicas o reales vividas a lo largo de la experiencia profesional. Ya me abu­rría previendo ese lenguaje leguleyo y pantanoso, tan preciso como incomprensible, típico de quienes para decirte una cosa la esconden como si jugaran a la caza del tesoro. Cuando no se trata precisamente de un tesoro a esconder.

Ni más ni menos, equivocado: desde las primeras páginas, la escritura, que luego se convertirá en escrituras, fluye desenvuelta y segura, irónica y reflexiva.

Con estilos diversos pero afines, Irene aparece y desaparece: cuando piensas que el autor de turno se ha olvidado de ella, de repente vuel­ve a aparecer como si hubiera estado siempre ahí, detrás de las bam­balinas, esperando la señal del regidor para irrumpir en el escenario.

¿Es una síntesis de los autores? ¿Es su prototipo? ¿Una confesión en el sofá del psiquiatra?

¿Es Irene como les gustaría ser a ellos: símbolos y portavoces de los inconvenientes (muchos) y de las oportunidades (pocas) de las empresas organizadas? Quizá teman que sea sólo fruto de su imagi­nación y de su sentido de culpa (¿quién no lo tiene?).

Bien, que se tranquilicen estos valientes que han sustituido por un momento el bolígrafo-arma con la pluma-pincel: Irene existe de ver­dad, a Irene la he encontrado muchas veces, todas las veces que lo he necesitado.

Más que los directivos, espero que sean los jefes, los empleados y los trabajadores los que lean este insólito retrato de una empresa inexistente pero real, así desde mañana podremos ver con ojos diver­sos la realidad de los directores humanos de los Recursos Humanos.

Paolo Vasile

Consejero delegado de Mediaset